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ILLICH, Iván. Sobre el celibato y casamiento de los Sacerdotes. /Tit. original del manuscrito: "El clero, una 'especie' que desaparece"/. In: SIEMPRE, México, (733):38-42, 82, 12 jul '67'. Republicado en:  [[.:index|CIDOC Cuaderno 10 - CIDOC Informa, “Junio-Diciembre”, Centro intercultural de Documentación, Cuaderno No. 10, Volumen 5, Cuernavaca, 1968.]]

# El clero, una 'especie' que desaparece

La Iglesia Romana es el organismo burocrático, no gubernamental, más grande del mundo. Emplea un millón ochocientos mil trabajadores a tiempo completo —sacerdotes, hermanos, religiosas, laicos—. Estos «empleados» trabajan dentro de una estructura corporativa que ha sido considerada por una agencia consultora americana, como una de las organizaciones dirigidas con mayor eficacia en el mundo. La Iglesia Institucional funciona al mismo nivel que la «General Motors» o la ESSO. Está bien conocida realidad a veces es aceptada con orgullo por algunas perdonas, pero para otras, este mismo funcionamiento efectivo de la maquinaria, es considerado como causa de descrédito. Los hombres sospechan que la Iglesia Institucional ha perdido su significación ante el Evangelio y ante el mundo. La vacilación, la duda y la confusión reinan entre sus directores, funcionarios y empleados. El gigante comienza a tambalearse antes del colapso.

Parto del personal eclesiástico reacciona ante el derrumbe con angustia y miedo. Otros, hacen heroicos esfuerzos y trágicos sacrificios para prevenirlo. Otros más, con pena o con alegría, interpretan el fenómeno como un signo de la desaparición de la Iglesia Romana misma. Yo quisiera sugerir que recibamos con un espíritu de profunda alegría la desaparición de la burocracia institucional.

En este ensayo me propongo describir algunos de los aspectos de lo que está sucediendo en la Iglesia y sugerir, al mismo tiempo, medios a través de los cuales la iglesia pueda buscar una reorganización radical en algunas de sus estructuras. No recomiendo cambios esenciales en la Iglesia y menos aún sugiero su disolución.

La completa desaparición de su estructura visible está en contradicción con las leyes sociológicas y con el mandato divino. Sí la Iglesia va a responder al llamado de Dios y al hombre contemporáneo, su reforma debe implicar macho mas que una corrección drástica o unas mejoras para actualizarla. Trazaré un cuadro de posibles, cambios sólidamente enraizados en los orígenes mismos de la Iglesia y audazmente orientado hacia las necesidades de la sociedad del mañana. La aceptación de este tipo de reforma requerirá que la Iglesia viva la pobreza evangélica de Cristo y se desprenda de muchas riquezas espirituales de su propio pasudo. Al mismo tiempo, la Iglesia, respondiendo a la tendencia mundial de socialización progresiva, llegará a tener un profundo respeto y una alegre aceptación de este fenómeno.

La Iglesia Institucional está en problemas. Las mismas personas de cuya lealtad y obediencia depende la eficacia de su estructura la abandonan en forma creciente. Hasta los primeros años de nuestra década, las «deserciones» eran relativamente excepcionales. Ahora son corrientes. Mañana, tal vez, serán la regla. Cada vez más, los «empleados» de la Iglesia después de un drama personal desarrollado en la intimidad de mu conciencia, quieren sacrificar la seguridad emocional, espiritual y frecuentemente financiera que el sistema benévolamente les otorga. La causa de tales «deserciones» frecuentemente no reside ni en el «espíritu mundano» ni en ninguna falla de la generosidad de los «desertores», sino más bien en la estructura misma. La estructura parroquial, feudal, autocrítica de la Iglesia que se conserva en el mundo entero responde a situaciones que sobreviven en el campo latinoamericano, donde el cura aun goza del misterioso poder del brujo y de la posición del cacique. Pero para el mundo desarrollado capitalista, para las zonas urbanas de América y particularmente para las democracias populares, esta estructura eclesiástica es una reliquia de un estilo social trasnochado destinado a conservarse en una Iglesia-museo. Más aún, nuestro mundo actual frecuentemente acelera los continuos cambios de las estructuras sociales en cuyo contexto la Iglesia debe realizar las fundones que le son propias. Para presentar con mayor claridad esta tensión entre una herencia estructural y una tarea contemporánea centraré mi atención en la naturaleza y función del ministerio, el complicado canal a través del cual la Iglesia llega al mundo. De esta manera tal vez, podremos entrever la Iglesia del mañana.

Se hace evidente que los conceptos básicos y aceptados del ministerio dentro de la Iglesia, son boy inadecuados. En mi opinión la iglesia no necesita el número actual de empleados a tiempo completo que trabajan en su estructura operacional. Es más, la situación sugiere la necesidad de un profundo replanteamiento de los elementos que hacen posible la idea, comúnmente aceptada, del clérigo y su séquito de monjas y beatas como representan lea primarios de la Iglesia en el mundo —concepto, por otra parte, que sigue implícito en los decretos conciliares—.. Para entender mi tesis, es necesario reexaminar las relaciones que existen entre ministerio sacramental y personal a tiempo completo; entro ministerio y celibato; entre ministerio y formación teológica.

Actualmente se supone que la mayor parte de las tareas ministeriales de la Iglesia, vi no es que todas, tienen que ser efectuadas por «curas», es decir, sacerdotes empleados a tiempo completo y sueldos bajan, normalmente egresados de seminarios y noviciados, y que aceptan la ley eclesiástica del celibato. Voy a examinar en forma separada, tres aspectos del problema para iniciar la búsqueda de nuevos caminos más evangélicos y sociológicamente más significativos.

I.— La reducción radical del número de personas que para su subsistencia dependen de la Iglesia.

II. — La ordenación al ministerio sacramental de hombres que trabajan y se ganan su vida en cualquier actividad productiva.

III. — La renuncia especial y sin igual implicada en el celibato perpetuo.

## La campaña vocacional: búsqueda de más reclutas para un ejército en decadencia

El personal de la Iglesia goza de extraordinarios privilegios. A todo joven que busca empleo dentro del clero le es garantizada, casi automáticamente, una situación que le asegura toda una trama de beneficio? personales y sociales que se ven acrecentados con la edad y no por la capacidad o productividad. Su derecho al prestigio y a la influencia abarca más de lo que SU salario podría asegurarle. En los países desarrollados, y también en algunos que no lo son, los empleados eclesiásticos viven en cómodas casas propiedad de la Iglesia; lea es asegurado un trato especial en su educación y cuidados de su salud y son sepultados en tierra consagrada… y después de todo esto todavía se reza por ellos. La sotana y no su fidelidad a un servicio, aseguran su situación, reputación y nivel de vida. En la Iglesia post-conciliar, un mercado de trabajo, mucho más diversificado que el de cualquier otra corporación existente, los acoge, discriminando así a los laicos que no han recibido una iniciación ritual semejante A los laicos que trabajan dentro de la estructura eclesiástica se les reconoce la posesión de algunos «derechos del gremio», pero su carrera depende fundamentalmente de la habilidad que demuestren para desempeñar el papel de aduladores.

Recientemente, la Iglesia Romana, en muchas diócesis «modernizadas», ha seguido el ejemplo de algunas iglesias protestantes; trasladando a sus emplearlos, en número creciente, del trabajo parroquial a un trabajo de oficina. Al mismo tiempo lo tradicional demanda de personal a nivel parroquial y el proceso simultáneo de agigantamiento de la maquinaria burocrática, disfrazaba la creciente pérdida de significación de ambos aspectos de la estructura. La ferviente búsqueda de más personal y de más dinero es el resultado de la «burocratización de las comisiones desburocratizantes», para usar la expresión de un discutido líder latinoamericano. Nos vemos urgidos de pedir a Dios, por una parte, que aumente el número de empleados para mantener el sistema y, por otra, que inspire a los fieles para que paguen el rosto de la expansión de la empresa. Personalmente no puedo pedir a Dios estos «beneficios», porque cualquier burocracia crece por si sola. Una tal «ayuda» sólo serviría para que una Iglesia, ya de suyo sobrecargada de personal, se sature más de clero, y en consecuencia, se debilite su misión en el mundo de hoy. Recemos, más bien, para que la Iglesia se desprenda del espíritu empresarial de nuestro siglo.

El Vaticano mismo ilustra perfectamente este complejo problema. La administración post-conciliar se multiplica y desarrolla suplantando a la antigua maquinaria. Desde la clausura del Concilio, las doce «Venerables Congregaciones» de la Curio se han visto aumentadas con la adición de numerosos «órganos post-concíliares», que se entrelazan y superponen: comisiones, cuerpos consultativos, asambleas, comités, sínodos y servicios técnicos para hacerlos marchar.
Esta masa burocrática se hace ingobernable. Quizá esto nos ayude a comprender que los principios del gobierno corporativo no son aplicables al Cuerpo de Cristo. Es todavía menos apropiado ver a Su Vicario como director ejecutivo de una corporación que como un rey bizantino. La tecnocracia clerical se encuentra más alejada del Evangelio que la aristocracia sacerdotal. La eficacia corrompe más sutilmente el testimonio cristiano que el poder.
En una época en que hasta el Pentágono busca reducir su personal a través de contratos en el libre morcado de la industria y de la investigación, el Vaticano lanza una campaña para proveerse, dentro de sus mismos marcos, de una mayor diversificación y proliferación institucional. La administración central de esta desmesurada organización pasa de las manos de las «Venerables Congregaciones» administradas por sacerdotes italianos de carrera a las de un clero especializado reclutado de todo el mundo. La Curia Pont id a de la Edad Media se convierte en la oficina de administración y planeación de una corporación contemporánea.

El que el sacerdote sea al mismo tiempo miembro de la aristocracia del único poder feudal que sobrevive en el mundo occidental y de un poder cuya soberanía fue reconocida en el Tratado de Letrán, es uno de los aspectos paradójicos de la política actual. Es más, este mismo poder, en forma cada vez mayor, utiliza una estructura diplomática —originalmente desarrollada para representar los intereses de la Iglesia-Estado frente a otros Estados soberanos— para ofrecer servicios a los agencias internacionales que van surgiendo, tales como la FAO, UNICEF, UNESCO y aun a la ONU. Este desarrollo exige cada vez más un mayor número de empleados para ocupar puestos dentro de una amplia gama de actividades que requieren una todavía mayor especialización técnica en los reclutados. La jerarquía por su parte, acostumbrada a ejercer un control absoluto sobre sus empicados, busca para llenar estos puestos, únicamente o clérigos domesticados. Pero este gran esfuerzo realizado para el reclutamiento intensivo se encuentra frente a una fuerte tendencia contraria: anualmente el número del personal que abandona la institución eclesiástica es casi igual al número de los nuevos reclutas. De ahí se explica que la jerarquía acepte a laicos sumisos para ocupar esos puestos.

Algunos explican las «deserciones» del clero como la eliminación de elementos indeseables. Otros acusan a la competencia de los diferentes místicas contemporáneas. La institución instintivamente se ve obligada a explicar estas pérdidas y la concomitante crisis de vocaciones en términos que la adulan y que realzan su prestigio. Así, además, se justifica la necesidad de su entusiasta y emocional campaña pro «vocaciones». Pocos quieren admitir que el colapso de esta estructura clerical desbordada, es un claro indicio de la pérdida de su significación todavía más. Pocos son los que reconocen que el Papa mismo vería aumentada su estatura evangélica a medida que disminuyera su poder paro orientar las cuestiones sociales del mundo, y su poder de gobierno burocrático dentro de la Iglesia.

## Ley de Parkinson: Las necesidades del «apostolado» crecen con la disponibilidad de clérigos

Tanto los cambios realizados en la periferia institucional como los realizados en Roma, son igualmente fieles a la primera ley de Parkinson, es decir: «el trabajo aumenta con el aumento de personal disponible». Desde la clausura del Concilio, los intentos de descentralización colegial se han traducido en un crecimiento incontrolable que alcanza aún a los niveles regionales. América latina ofrece un grotesco ejemplo. Hace una generación, los obispos de América latina viajaban a Roma cada diez años más o menos, para informar al Papa. Sus otros contactos con Roma oran las peticiones formales de la diligencias y dispensas, canal izadas a través del Nuncio o de eventuales visitadores apostólicos. Hoy en día, una compleja Comisión Romana para América latina (CAL) coordina las subcomisiones pro América latina de obispos europeos y norteamericanos, para establecer un equilibra de poder con la Conferencia de Obispos Latino, americanos. Esta, a su vez se articula en un Comité (CELAM) y extensas y numerosas comisiones, secretariados, institutos y delegaciones. El CELAM mismo esta culminación de 16 Conferencias Episcopales Nacionales, algunas de las cuales son aún más complejas en su organización burocrática. Se supone que la estructura ha sido concebida para facilitar las consultas ocasionales entre los obispos, de manera que éstos, al regresar a sus diéresis, puedan actuar con mayor independencia y originalidad.

De hecho el resultado es algo diferente, pues los obispos desarrollan una dependencia burocrática tal que tienen qué ir de reunión en reunión antes de tomar sus decisiones. Estos organismos, recientemente creados, necesitan asesoramiento técnico y absorben gran parte del clero especializado que trabaja en los niveles básicos y esenciales para desempeñar puestos directivos clericales y servicios de planeación. Un control restrictivo y una reorientación ideológica amenazan así reemplazar los planteamientos creadores y las iniciativas originales de las Iglesias locales. En América latina, el clero sobrevive, en parte, porque el servicio sacerdotal del altar está ligado al poder, al prestigio y al privilegio clerical. Esta unión, a su vez, ayuda a mantener la actual estructura. Los sacerdotes «empleados de la Iglesia» aseguran el personal necesario para ocupar los puestos en la estructura corporativa. Los sacerdotes-clérigos ase ir ni un la continuidad y la abundancia de eclesiásticos de carrera.

La ordenación de laicos que puedan mantenerse económicamente por si mismos, para las funciones sacramentales, destruiría la burocracia y al mismo tiempo terminaría con la escasez de clérigos que tanto preocupa a los obispos.

La llamada «crisis clerical de América del Sur» podría transformarse en fuente de renovación para la Iglesia universal. La gravedad misma de la crisis permite ahí un diagnóstico imposible en otras partes, donde el mal se logra disimular con el paliativo de campañas vocacionales fructíferas. Al desarrollo del «seglar ordenado» tienen que oponerse los que viven del sistema o se apoyan en él; las que recogen limosna o los que la gastan: los párrocos, cancilleres y presidentes de lo beneficencia, no menos que el proveedor de muebles y ornamentos «sagrados» y los cabecillas beatos.

Algunos clérigos empiezan a darse cuenta de que viven sofocados en medio de una seguridad psicológica superflua combinada con un control restrictivo e inaceptable. Un sacerdote bien preparado en teología tiene asegurado un apoyo de por vida, pero quizás en calidad de contador diocesano y no como teólogo, sobre todo si ha sido sorprendido leyendo autores «sospechosos». Al contrario, un obispo puede enviar a un sacerdote a que haga estudios en sociología y después decidir la creación de un departamento diocesano de investigación para emplear el nuevo talento que ha adquirido dentro de la empresa familiar.

Un creciente número de sacerdotes no está satisfecho con su trabajo, bien porque no tienen la suficiente libertad para hacer una buena tarea o bien porque se sienten impreparados para realizar la encomiendo que se les ha asignado. En el primer caso, se considera como remedio el redefinirles su función, y en el segundo, una mejor formación. Ambas soluciones sin embargo, no son más que equivocados paliativos. Hay que preguntar:

¿No será necesario que ciertas actividades sean puestas fuera del control de la Iglesia y que a los curas se les despida de estos trabajos o se les rete a competir por esos trabajos, pero bajo condiciones y control seglares? Desde luego, si continuamos con el actual sistema, nos encontraremos siempre frente al mismo problema: el clérigo insatisfecho.

Estos mismos hombros han comenzado a plantearse: quizá necesito prepararme para vivir en el mundo seglar, mantenerme a mí mismo como cualquier otro hombre dentro de la seriedad, si quiero actuar como un adulto en el mundo.

Con el intento de remediar esta crisis en los próximos cinco años veremos una extraordinaria proliferación de programas de reentrenamiento para el clero. Estos programas serán de tres tipos:

a) En forma cada vez más frecuente las diócesis y las congregaciones religiosas recurrirán a consejeros técnicos de la industria para dar cursos de capacitación clerical cuya premisa básica es que la actual estructura debe mejorar. El «producto» anacrónico del noviciado y del seminario exige nuevas aptitudes para ajustarse a una Iglesia que se moderniza técnicamente en lugar de renovarse en el espíritu.

El «cura moderno» tiene que bregar con una multiplicación de comisiones especializadas, oficinas y secretariados; hablar una nueva jerga y ajustarse a un nuevo rito. El resultado es que el clero en tales cursos recibo una formación esencialmente regresiva, con prejuicios ideológicos y encaminada al eficaz crecimiento de «la Iglesia». Frecuentemente los actuales programas de formación eclesiástica desarrollan nada más que la habilidad del clérigo para manejar una maquinaria más compleja.

La reorientación de los clérigos será una tarea transitoria. Durará mientras sobrevivan los llamados seminarios, las academias profesionales en las cuales se preparan jóvenes para integrarse al estado sacerdotal reminiscente del segundo estado de la revolución francesa. Hoy parece irresponsable continuar el esfuerzo de moldear jóvenes generosos para una profesión destinada a desaparecer dentro de su misma generación.

b) El «retiro espiritual», por otra parte, frecuentemente no sirve para confirmar el compromiso personal del clérigo con el riesgo y la aventura evangélica, sino se usa para reconfirmar la creencia tambaleante del clérigo en una estructura destructora de su libertad.

c) Es necesaria una educación adulta para adultos que conduzca al clérigo a plantear con toda lealtad las cuestiones fundamentales; las cuestiones para las cuales no hay precedente en el pasado.
¿Tiene la estructura su base en la rutina o en la revelación? ¿Debo yo, como hombre totalmente dedicado al servirlo de la Iglesia, permanecer dentro de la estructura para provocar la subversión, o debo abandonarla para poder vivir el modelo del futuro? La Iglesia necesita hombres que busquen este tipo de conciencia y de actitud crítica, hombres profundamente fíeles a la Iglesia que vivan una vida de inseguridad y riesgo, libres del control de la jerarquía, que trabajen por sacar a la Iglesia, algún día, de su estancamiento actual. los poquísimos grupos de este tipo que existen son considerados por la mentalidad clerical, como desleales y peligrosos. El rechazo del revisionista es siempre prueba de la rigidez ideológica del sistema.

El «Sister Formation Movement» de los Estados Unidos ilustra muy bien lo que podría ser una educación lealmente. subversiva. Este movimiento actúa como un factor prometedor en la secularización de la Iglesia norteamericana. A mediados de la década pasarla, algunas monjas de varias órdenes religiosas se organizaron para lograr una modernización de los métodos empleados en la formación de las religiosas. Cuando lograron esto, y religiosos y religiosas regresaron a sus comunidades, provistos de sus respectivos doctorados, en biología o literatura, comprendieron que estaban capacitadas para solicitar un empleo académico en cualquier parte. Ya no tenían que depender más del tradicional trato privilegiado que se otorgaba a las religiosas en las instituciones de la Iglesia.

Muchas de estas monjas-doctoradas se percataron de las ridículas restricciones que se les imponían por parte del pensamiento clerical y a sus instituciones, por parte del control eclesiástico. Para poder vivir una carrera con autenticidad, muchas se vieron en la inevitable necesidad de abandonar sus comunidades. Otras decidieron luchar para liberar sus instituciones del control represivo y destructivo de una autoridad incompetente. Las primeras fueron consideradas como desertoras, las segundas como subversivas.

Finalmente, las órdenes comenzaron a permitir que sus miembros buscasen trabajos temporales o permanentes en el mercado libre del trabajo, según sus deseos, sin que por eso dejaran de pertenecer a la comunidad. Esto presupone que las personas mismas escojan sus amistades, sus lugares de residencia y formas de vida comunitaria. Un gran número de superioras de congregaciones religiosas femeninas han comenzado a comprender los signos de los tiempos. De pronto han visto que la era de las congregaciones religiosas ha pasado. Sin embargo, los obispos no se han dado cuenta de que un movimiento semejante se ha iniciado dentro del clero. Pero este movimiento os más débil. Los curas han sido tan mimados durante varias generaciones, en su seguridad y comodidad burguesas, y tan inflados por la importancia espiritual de su misión, que ahora su reeducación es más difícil.

Actualmente algunos sacerdotes consideran que serían capaces de realizar un ministerio superior si pudieran trabajar en empleos seculares que implicaran verdaderas responsabilidades económicas y sociales. Ahora un sacerdote-sociólogo pone en tela de juicio el derecho de su obispo para utilizarlo como capellán o censurarlo si él busca su testimonio del Evangelio en la guerrilla. Estas tendencias producen un doble efecto dentro del clero. Por un lado el hombre comprometido se ve llevado a renunciar a sus privilegios clericales y por lo tanto a desafiar la censura; por otro lado, el hombro mediocre se ve obligado a exigir mayores beneficios y menos responsabilidades del adulto, y por consiguiente, identifica a la iglesia con la sobrevivencia del estado clerical.

Ante esta contradicción, el Evangelio y la sociedad de una parte, y de la otra el estilo de vida clerical, algunos clérigos se enfrentan a posibles alternativas.

Una secularización radical desafía, obviamente, la existencia del sistema parroquial. Pero ésta animaría a los generosos imaginativos a la búsqueda por propia cuenta, dejando la anacrónica y clerical estructura eclesiástica en manos de aquellos que eligen, por convicción o comodidad, la seguridad y la rutina. Esto da miedo, tanto a los obispos burocráticos, como a los clérigos «avanzados» que tratan de organizar sindicatos contra la patronal episcopal para mejorar su condición de asalariados eclesiásticos o tenor mayor voz en el capítulo. Los obispos desean más clérigos y al mismo tiempo rechazan cualquier pedido que dé más poder a estos «empleados». La actitud de ambos, tanto de los obispos como de los «sindicalistas espirituales», implica necesariamente la continuación del sistema clerical.

Necesitamos de sacerdotes que abandonen las filas del clero sin abandonar su celibato para convertirse en pioneros de la Iglesia del futuro ¡de sacerdotes que dedicados con amor y fidelidad a la Iglesia se arriesgaron a la incomprensión y a la suspensión! ¡de sacerdotes llenos de esperanza, capaces de talos acciones, sin llegar a convertirse en duros y amargados! de sacerdotes que deseen vivir hoy día la vida ordinaria del sacerdote del mañana.

## Una iglesia sin curas

Un laico adulto, ordenado al díaconato, presidirá la comunidad cristiana «normal» del futuro. El ministerio será un ejercicio dentro de su tiempo libre más bien que un trabajo. La «diaconia» será la unidad institucional primaria de la Iglesia, suplantando a la parroquia. Su base será la casa, más bien que el templo. El encuentro periódico de amigos reemplazará la asamblea dominical de extraños. Un dentista, un obrero o un profesor, capaces de sostenerse económicamente por sí mismos, serán los que presidirán estos encuentros más bien que un burócrata o funcionario empleado de la iglesia. El diácono será un hombre maduro en sabiduría cristiana adquirida a lo largo de su vida en el seno de una liturgia íntima, y no el «profesional» graduado en el seminario y formado con fórmulas «teológicas». Frecuentemente el matrimonio y la educación de sus hijos y no la aceptación del celibato como condición legal para la ordenación, le darán la capacidad de un liderato responsable.

Yo veo en el futuro el encuentro íntimo de las familias alrededor de la mesa, más bien que la asistencia impersonal de un gentío alrededor de un altar. La celebración santificará el comedor, más bien que edificios consagrados a las ceremonias. Esto no quiere decir que todas las iglesias deban sor convertidas en teatros o elefantes blancos. El obispo de Cuernavaca piensa que la tradición latinoamericana pide la existencia de por lo menos la catedral como testimonio de piedra, cuya belleza y majestad refleje el esplendor de la verdad cristiana.

Las presentes estructuras pastorales han sido en gran parte determinadas por diez siglos de un sacerdocio clerical y celibatario. El Concilio, en 1964, dio un paso sugestivo hacia el cambio futuro de esta regla al aprobar el diaconato de hombres casados. El diácono puede ejercer casi todas las funciones pastorales, salvo la de decir misa y dar la absolución. Puede bautizar, presidir casamientos y dar la comunión. El decreto es ambiguo porque puede conducir a la proliferación de empleados de segunda categoría, sin marcar ningún cambio significativo en las actuales estructuras. Pero también puede llevar a la ordenación de hombres adultos capaces de mantenerse por sí mismos. La intención del Concilio en América del Sur podría pervertirse con el desarrollo de un diaconato clerical, económicamente dependiente de la Iglesia, retrasando así la necesaria e inevitable secularización del ministerio.

El sacerdote normal del futuro, ganándose su vida, presidirá en su casa la reunión semanal de unos doce diáconos. Todos juntos, leerán la Escritura y en seguida estudiarán y comentarán la instrucción semanal del obispo. Después de cada misa, cada diácono llevará el Sacramento a su casa donde lo guardará junto con su crucifijo y la Biblia. El sacerdote visitará las diferentes «diaconías» y presidirá las misas que ocasionalmente se celebren. Algunas veces, parte de las «diaconías» se reunirán para celebrar una misa más solemne en un local rentado o en la catedral.

El obispo, liberado de las actuales tareas ejecutivas y administrativas, tendrá tiempo para concelebrar de vez en cuando. Debería ser capaz de preparar y hacer circular una selección semanal de lecturas y algunos puntos de discusión. El y sus sacerdotes prepararán juntos la liturgia familiar para las «diaconías». Estos cambios requerirán una actitud diferente con respecto a la obligación a la misa dominical, y también una reevaluación del actual ritual de las prácticas penitenciales. Las leyes que obligan a «oír misa» los domingos y las que fijan cuándo hay que confesarse, fueron hechas por la iglesia, y por lo tanto las puede deshacer.

El actual derecho canónico preveo solamente la ordenación de aquellos cuyos medios de subsistencia están asegurados de por vida por la Iglesia, y de aquellos otros cuyos bienes personales son suficientes para mantenerlos. Restringir la ordenación a este género de independencia económica es anómalo y repugnante en la sociedad de hoy. En la actualidad un hombre digno se sostiene con su trabajo y no por su carrera ceremonial en una jerarquía. Evidentemente no es contrario a los fines del derecho canónico el considerar la capacidad profesional o la seguridad social lograda como título suficiente de la independencia para la ordenación.

El ministerio sacramental de los laicos ordenados, abrirá los ojos a una nueva comprensión de la «oposición» aparente y tradicional entre clérigo y laico en la Iglesia. En cuanto vayamos más allá de estos conceptos, veremos con más claridad su naturaleza transitoria. El Concilio, resumiendo el desarrollo histórico de los últimos 100 unos, trató de definir al sacerdote-clérigo y al laico no ordenado en dos documentos diferentes. Pero el futuro logrará hacer de esta aparente antítesis una nueva síntesis que trascienda las categorías actuales.

Ni la imaginación ni la terminología eclesiásticas actuales están en condiciones de poder definir esta nueva función sacerdote-laico, sacerdote dominical, el sacerdote a medio turno o secularizado, el no-clérigo ordenado. El será principalmente el ministro del sacramento y de la palabra y no el factótum religioso que responde de manera superficial a una variedad de papóles sociales y sicológicos que desde la Conquista se acumularon en bis sacristías.

Así, por fin, la Iglesia podría librarse del sistema restrictivo de beneficios y otros raros negocios. Con laicos ordenados, el cura católico, pastoralmente hablando, será algo superfluo.

Hoy la Iglesia despierta en la ciudad. Los términos pastorales tradicionales se convierten en anomalías en el contexto da asfalto-hierro-cemento armado de la vida urbana. La renovación de la ciudad y nuevas experiencias de la comunidad exigen una revisión de la terminología de ayer. Los reyes, las coronas y los báculos ya no tienen sentido. Los hombres ya no están sujetos a soberanos ni se dejan conducir como borregos por un pastor. Las funciones de la Iglesia para crear comunidad se deshacen cuando están sostenidas por símbolos cuya fuerza dinámica reside en una estructura de símbolos autocríticos. Los católicos inquietos de la ciudad no buscan la orientación religiosa de un pastor para su acción comunitaria. Ellos saben que la acción social es ecuménica y secular en sus motivaciones, métodos y fines. Probablemente la presidenta de la junta vecinal o el profesional seglar posean mejores dotes para el liderazgo que un ex-seminarista ordenado.

Las pontanas que saben el a-b-c de la teología no buscan la orientación moral del sacerdote. Ellas piensan por sí mismas, y frecuentemente han superado, en entendimiento teológico al Sacerdote. Padres de familia con una buena formación general, confían cada voz menos a sus hijos al sistema clerical de catequesis «profesional». Los mismos padres de familia reconocen que, si es posible evangelizar a los niños, ellos son los llamados a esta taren y que además poseen el conocimiento y la fe para cumplirla.

Todo católico que piensa, acepta el hecho de que haya hombres que han sido investidos con poderes divinos para dirigir una reunión de cristianos o para presidir la celebración de un sacramento. Pero hay quienes empiezan a negar las pretensiones de un cura que, por el hecho de haber sido ordenado o por pretender invocar una doctrina social que presume evangélica, se considere competente para enfrentarse a toda clase de problemas de su heterogénea comunidad, sea la parroquia, la diócesis o el mundo.

La reorganización de la vida contemporánea libera a los hombres a fin de que puedan aceptar una vocación para desempeñar las funciones ministeriales a medio tiempo. Su tiempo libre aumenta con la reducción de horas de trabajo. A temprana edad puede jubilarse y gozar de toda una amplia seguridad social. Este tiempo libre podrían emplearlo en la preparación y ejercicio de un ministerio cristiano en una sociedad pluralista y secular.

Por supuesto que los Sanchos pastorales me pondrán muchas objeciones. El sacerdote laico o el diácono podrían querer retirarse del ministerio, podrían pecar públicamente y tal vez, él o su mujer, podrian hacerse elementos de división en la comunidad cristiana. El presento derecho canónico contiene, implícitamente, la solución. Es decir, en ese caso dispone que se le «suspenda» la licencia de ejercer sus funciones.

La «suspensión» del ejercicio sacerdotal, en efecto, debe dejar de ser sólo un instrumento de castigo en manos de la jerarquía. El ministro ordenado debe poder decidir sobre esta cuestión. Por ejemplo, podría sentirse llamado a tomar una posición políticamente discutible y querer renunciar a seguir como símbolo apropiado de la unidad sacramental.

## Los sacerdotes del mañana: ni curas, ni mucho menos curas casados

Es difícil para la imaginación separar lo que las costumbres o el hábito han unido —particularmente si esta unión se consagró en la Iglesia—. Una tal unión es la que resultó en la imagen del cura: empleado en el catado clerical— ordenado a lo función sacerdotal— y sujeto al celibato eclesiástico.

Sin pretender que la Iglesia del futuro pudiera funcionar totalmente sin sus empleados (sean ellos ordenados o no) prevemos que el núcleo-base de la Iglesia del mañana será el hombre casado, que se gana su vida independiente de la Iglesia y recibe las órdenes sagradas en edad adulta.

Con esta afirmación: a) no ponemos en iluda el derecho del cristiano a seguir su vocación al celibato; ni, b) hablamos contra la vida religiosa y los votos; ni, c) negamos el derecho a la Iglesia a limitar la ordenación sacerdotal a los «monjes» del futuro.

### a) La elección voluntaria del celibato: Los Quijotes evangélicos.

En todas las etapas de la Iglesia ha habido hombres y mujeres que han renunciado libremente al matrimonio «por el reino de los cielos» consecuentes con su acto, «explican» su decisión como una realización de un llamado intimo de Dios. La experiencia misteriosa de este llamado tiene que distinguirse de la formulación discursiva de los motivos que podrían justificar tal decisión. Los defensores del celibato interpretan, muy a menudo, el abandono del mismo como la manifestación de una fe pobre de los católicos de nuestro tiempo. Al contrario, puede ser más bien la manifestación de una purificación de la fe y de una mayor autenticidad humana. Los hombres de hoy no se dejan engañar con los motivos ya alegados en los noviciados en favor del celibato: motivos sociológicos, psicológicos y mitológicos. Se dan cuenta que éstos carecen de significación, de la verdadera renuncia cristiana. De hecho, hoy, la renuncia del matrimonio ya no es económicamente necesaria para el servicio de los pobres, ni condición pura el ministerio ordenado, ni conveniencia notable para los altos estudios. El celibato ya no sigue contando con la «aprobación social».

Los motivos sicológicos que en otras épocas han sido invocados para justificar la superioridad de la abstinencia sexual, apenas sí convencen en la actualidad. Muchos célibes, ahora sin miedo, reconocen que si en un principio habían rehusado al matrimonio fue porque tenían repugnancia, temor, les faltaba preparación o simplemente no les atraía. Poder justificar su actitud con votos, les venia bien. Ahora escogen el matrimonio porque se comprenden con más madurez o para convencerse de que sus sentimientos anteriores eran equivocados. Ya no se ven más como héroes ante los ojos de sus padres (si son «fieles»), ni como parias (si «desertan»).

El estudio comparado de las religiones revela muchos «motivos» de la renuncia sexual, a través de la historia humana. Éstos pueden reducirse a tres: motivos ascéticos, mágicos y místicos. Algunas veces son motivos «religiosos», pero apenas si relacionados con la fe cristiana. El asceta renuncia al matrimonio para entregarse a la oración; el mago, para «salvar» con su sacrificio a un chino, el místico, para buscar una exclusiva intimidad de esposo con «el Todo». El hombre contemporáneo sabe que la renuncia sexual no hace la oración más intima, ni el amor más ardiente, ni las gracias recibidas más abundantes. El cristiano contemporáneo, frecuentemente, es hombro de fe y no religioso.

El cristiano que hoy día renuncia al matrimonio y a los hijos «por el reino de los cielos», no busca motivos abstractos para su decisión. Su opción es un puro riesgo en la fe, es el resultado de una íntima y misteriosa experiencia de su corazón. El desea vivir ahora la pobreza absoluta e intensa que todo hombro espera experimentar a la hora de su muerte. Su vida no prueba la trascendencia de Dios. Más bien todo su ser manifiesta la fe en ella. Su decisión quijotesca de renunciar a una esposa «por el reino de los cielos» es tan íntima e incomunicable como la decisión del que prefiere a su esposa sobre todas las otras.

### b) La institución de la vida religiosa: ¿Tropas de quijotes?

La Iglesia ha desarrollado dos métodos para el control de este quijotismo evangélico: la organización social y jurídica de comunidades religiosas y la celebración ritual de los votos. Las órdenes religiosas ofrecen una estructura comunitaria dentro de la que sus miembros, de un lado, con un «voto», profundizan su compromiso bautismal de «santificarse» mutuamente, y del otro, permanecen disponibles como personal controlado por su superior. Estos recursos humanos han permitido a las congregaciones religiosas realizar sus obras de beneficencia y todas sus empresas. Ahora parece que buena parte de estas órdenes religiosas van a desaparecer más rápidamente que las mismas estructuras parroquiales, diocesanas o de la Curia, en cuanto baya más y más miembros que salgan de Su estructura a cumplir su vocación en el mercado libre del trabajo. Los cristianos que desean vivir el celibato evangélico, ven los motivos para entrar a las comunidades jurídicamente establecidas (aunque sean instituíos seculares) como cada vez meaos convincentes; pero sí reconocen la necesidad de unirse, provisional o permanentemente con otros que tengan el mismo espíritu, para prestarse apoyo mutuo en su común y difícil aventura espiritual. Aquellas comunidades religiosas ya establecidas y que sobrevivan, mantendrán casas de intensa oración disponibles como casas de retiro, centros de formación espiritual, monasterios.

Nuevos formas serán exploradas en las cuales se expresará públicamente, la renuncia al matrimonio. En el pasado, la Iglesia formó a quienes renunciaron al matrimonio para vivir en un ambiente comunitario que ella misma controlaba rígidamente. Entonces era aceptable que ese compromiso encontrara su expresión en un voto concebido como acto jurídico que crea obligaciones legales. Hoy, esta misma renuncia se vive en la soledad de un mundo secular. Es más propio que hoy la Iglesia la reconozca a través de un acto litúrgico en el cual, antes de todo, se celebra un acontecimiento místico. De hecho la Iglesia empieza a tomar esta dirección al hacerse los votos religiosos progresivamente menos públicos, menos solemnes y más desligables. En la actualidad, cualquier religioso, tres semanas después de que declare que no va a cumplir con su voto, recibe la disponen. Los votos eran tratados antes romo renuncias públicas de derechos; ahora revisten más bien el carácter de declaraciones públicas de intenciones condicionadas.

Si es la intención de la Iglesia de «celebrar» públicamente con votos la existencia en su seno de tales «carismáticos», profetas, poetas que se salen de la norma, a tal rito litúrgico, se debería admitir sólo personas excepcionales después de haber vivido muchos años de renuncia en la vida seglar, en la cual se quedan. Sólo así volveremos a la íntima y real analogía entre matrimonio cristiano y renuncia; ambos sacramentos celebrarán la trascendental comprensión implícitamente cristiana, de la profundidad y totalidad del compromiso que él ha establecido y vivido.

### c) Sacerdocio y celibato

Un gran sector de la Iglesia «pensante», propone que se ordenen al sacerdocio a hombres casados. El Papa se opone. Ni lo doctrina ni la tradición apoyan contundentemente su posición. Yo creo que una honda reforma de la Iglesia depende, en gran parte, de la aceptación de sus directivos durante nuestra generación. Su posición, en efecto, asegura la desaparición acelerado del clero profesional y la valoración inmediata del diaconato a medio turno.

Varias soluciones han sido propuestas para responder a la falta de vocaciones y a las «defecciones» del clero: a saber, un clero casado, o con tratamiento mejor; hermanas y laico- a tiempo completo en tareas pastorales; publicidad más atractiva en campañas vocacionales; distribución mundial del clero existente o la construcción de seminarios. Todos son simplemente unos cuantos tímidos esfuerzos para rejuvenecer una estructura agonizante.

Sólo algo como la revisión radical que aquí propongo, puede evitar la transformación de la Iglesia Romana en super-secta mundial. Mientras que se opere esta transformación sin miedo a donde la lleve el espíritu, la táctica del cambio prohibió ordenar sacerdotes a hombres casados. Sobran los célibes. Miles de ellos ahora rehúsan el celibato y presentan el doloroso espectáculo de hombres entrenados en la abstinencia sexual que entran tardíamente a tientas a un matrimonio muy arriesgado, por el momento —y a diferencia de los religiosos que no son sacerdotes— la Iglesia les permite casarse en secreto, arbitrariamente y de mala manera. Son sacerdotes pero les está prohibido el ejercicio de sus órdenes.

Es necesario simplificar y efectuar de manera sincera el progreso según el cual la Iglesia permita a un sacerdote casarse. Además, todos tienen que reconocer que el bien de la Iglesia y una tradición constante exigen que el «ex cura» abandone tanto su seguridad clerical como la función ministerial. Esto es difícil tanto para el cura «que quiere salir» «sin aceptar las consecuencias, como para el obispo» «que quiere retener» o su sacerdote cueste lo que cueste.

El masivo éxodo clerical durará mientras continúe el actual sistema. La ordenación de hombres casados al sacerdocio en esta época, sería una lamentable equivocación, la confusión que de ahí resultaría, no Herviría más que para retardar las tan necesarias reformas radicales.

No sabemos si en un futuro lejano la Iglesia romana querrá ordenar hombres casados al sacerdocio, como siempre lo hizo la Iglesia oriental. Por el momento espero que se escojan los sacerdotes y obispos sólo entre los monjes modernos que arriba llamamos Quijotes evangélicos: legos —trabajadores o profesionistas— quienes a madura edad celebraron litúrgicamente su renuncia escatológica y carismática al matrimonio. El tiempo que otros dedican a su familia, ellos, hasta los 10 años, pueden dedicarlo a su formación intelectual y espiritual. Quizás necesitemos tal sacerdote para una docena de hombres casados, escogidos a esa misma edad para el diaconato.

De esta manera se acaba con el «estado sacerdotal» —el segundo estado de la revolución francesa. Así, el 90% de los actuales empleados de la Iglesia saldrían sobrando, y se ahorraría mucho más del 90% del dinero que ahora se gasta en ellos. La empresa burocrática mayor del mundo se «reduciría» a ser la Iglesia más fiel a lo pobreza evangélica.